Bettinotti y Fernández

martes, 18 de agosto de 2009

“El cáncer y la infertilidad están relacionados con los productos químicos que ingerimos con la comida”



Entrevista al biólogo molecular Gilles-Éric Séralini, uno de los mayores expertos en transgénicos y asesor de la Unión Europea sobre el tema, afirma que se debe exigir a la industria que los transgénicos sean sometidos a las mismas pruebas que los fármacos. En su laboratorio de Caen, Francia, explica por qué deberíamos prestar más atención a lo que comemos. Al mismo tiempo derriba mitos sobre la “revolución verde”, los agrotóxicos y transgénicos, y expone con claridad los daños que causan en la salud y el medio ambiente. Esta entrevista, realizada por la periodista española Ana Tagarro, fue publicada en “XL Semanal” (Finanzas.com) en junio de 2009.

En 1980, la Corte Suprema de Estados Unidos aprobó por cinco votos contra cuatro el derecho a patentar “un microorganismo vivo hecho por el ser humano”. La decisión respondía a una solicitud de General Electric para explotar comercialmente una bacteria y abrió la puerta a una de las mayores revoluciones alimentarias y económicas de todos los tiempos: la patente de semillas. De hecho, sentó las bases para que ocho corporaciones de la industria farmacéutica y química iniciasen la conquista del suministro mundial de alimentos. Al margen de las consideraciones éticas sobre la manipulación de la naturaleza, esta actividad plantea una cuestión de salud. Y aquí es donde ‘desembarca’ el biólogo molecular Gilles-Eric Séralini, 49 años y director del Comité de Investigación e Información sobre Ingeniería Genética (Criigen). Nos recibe en la Universidad de Caen, Normandía, donde es profesor. Sus estudios sobre OGM (organismos genéticamente modificados) vienen avalados por las tres revistas científicas más prestigiosas de Estados Unidos que los han publicado y por ser uno de los cuatro consultores de la Unión Europea sobre transgénicos. Habla en un tono didáctico, de maestro, pero también con la vehemencia de quien está acostumbrado a las críticas. Empieza la clase.

XLSemanal. Para ubicarnos: si yo le digo que acabo de desayunar café con leche, tostadas, jamón de york y fruta, ¿he comido ya algún alimento transgénico?
Gilles Séralini. No directamente. En Europa, hasta ahora, se han evitado los transgénicos en la comida humana. El OGM más extendido es la soja importada del continente americano (especialmente de Estados Unidos, Argentina y Brasil) para alimentar el ganado: terneros, cerdos y pollos. No es que el jamón o la leche sean transgénicos, sino que los animales de donde salen son alimentados con pienso transgénico. La soja representa el 65 por ciento de los cultivos transgénicos (y me gustaría aclarar que no tiene nada que ver con la soja de los restaurantes chinos) y, además de para pienso, se usa para hacer lecitina, un emulgente de las grasas que se encuentra en el 80 por ciento de la comida ‘industrial’, como la bollería, las salsas, las harinas… Luego está el maíz, que sirve para alimentar animales y para extraer un azúcar que puede ser utilizado como edulcorante en bebidas gaseosas. Es decir, estamos ingiriendo residuos de transgénicos.

XL. Visto así, parece que es un peligro menor, que nos afecta ‘relativamente’…
G.S. Pues no es así. Todo lo contrario. Mire, es la primera vez en la historia de la humanidad que somos capaces de modificar el patrimonio hereditario, genético, de las especies vivas. Y esto se ha producido en un escenario industrial a una velocidad industrial. El problema con los transgénicos y la razón de que no sea un mal menor es que el salto que se ha dado del laboratorio al supermercado se ha hecho sin los plazos ni las pruebas adecuadas.

XL. ¿Pero se puede afirmar que los transgénicos son un riesgo para la salud?
G.S. Yo creo que sí y voy a explicarle por qué, pero la pregunta no es si son un riesgo, sino ¿por qué se modifican las semillas? ¿Por qué hacemos soja transgénica? Y la respuesta es que se modifican para contener plaguicidas.

XL. Querrá decir para resistir a los plaguicidas.
G.S.
No. Digo “para contener pesticidas”. Está probado que los plaguicidas son malos para la salud porque inhiben la comunicación entre las células y pueden provocar enfermedades nerviosas y hormonales. Entonces, ¿por qué los transgénicos son diseñados para contenerlos? Porque lo que buscan es absorberlo sin morir o, incluso, fabricar ellas mismas el plaguicida. El 80 por ciento de los transgénicos se hace para absorber un herbicida en concreto, el Roundup, que fabrica Monsanto, que a su vez es el mayor productor mundial de OGM.

XL. ¿Qué riesgos para la salud derivados de los plaguicidas están demostrados?
G.S.
Depende de la cantidad de plaguicida que ingiera el organismo. No se trata de un infarto ni de un virus que te hace enfermar en 15 días. Es un riesgo a largo plazo. Nosotros hemos probado que los residuos de plaguicidas pueden matar células embrionarias humanas y si sobreviven, disminuye la cantidad de hormonas sexuales que fabrican. Todos los países desarrollados están llenos de las llamadas “enfermedades crónicas”: nerviosas; de la sangre, como leucemias; reproductivas y sexuales, como el cáncer de próstata y de mama, esterilidad, descenso en la calidad y cantidad de esperma; enfermedades de carácter inmume, como las alergias… y no es porque ahora se detecten mejor. Esto no se explica por virus o bacterias, no se debe a problemas hereditarios (sólo un cinco por ciento del cáncer de mama tiene relación hereditaria). Se debe en su mayoría al medio ambiente. Y, ahí, los productos químicos son determinantes. Así que si los transgénicos están diseñados para absorber químicos, algo tendrán que ver con esas enfermedades.

XL. ¿Afirma usted que el aumento del cáncer de mama, de la infertilidad y de las alergias está relacionado con los productos químicos que ingerimos a través de la comida?
G.S.
Sí, por supuesto. En la comida, el agua y el aire… Hay muchos químicos en la atmósfera, pero, si además comemos algo que contiene un pesticida, aumentamos el efecto. No digo que los pesticidas sean la única explicación, pero estoy seguro de que los químicos están relacionados con el cáncer de pecho y la infertilidad. Ahora bien, es un efecto a largo plazo. Es importante entender esto. No estamos habituados a luchar contra los químicos. La Organización Mundial de la Salud y las autoridades esperan una epidemia y esto no funciona así.

XL. Pero es comprensible que necesiten pruebas...
G.S.
Hay pruebas. Está probado que el Roundup es tóxico en células embrionarias, lo hemos demostrado en el laboratorio, y lo que decimos es que hay que seguir probando: primero, en animales de laboratorio; luego, en los de granja, y más tarde, en humanos, como con cualquier fármaco. La industria ha admitido que no se ha hecho ningún test sanguíneo de más de tres meses para comprobar cómo afectan los transgénicos a los animales. Esto es un crimen porque todas las enfermedades crónicas aparecen después de ese periodo. Cuando se prueba un fármaco, antes de dárselo a los pacientes se exige que esa droga se administre a ratas en laboratorios durante dos años, lo que representa su ciclo vital total.

XL. ¿Nadie ha hecho en ningún país pruebas con los transgénicos similares a las de un fármaco?
G.S.
No sólo no se han hecho, sino que no quieren que se hagan. Sólo lo han hecho con ratas durante tres meses y los resultados se declararon secretos por todas las industrias y todos los gobiernos. Es un gran escándalo.

XL. Pero suena tan “escandaloso” que resulta extraño, casi una de esas teorías de la conspiración. ¿Por qué “todos” aceptan esa falta de análisis y ese secretismo?
G.S.
Pregúnteselo a los ministros de Agricultura y de Sanidad de su país (España). Pídales los análisis de sangre hechos en ratas con el MON-810, el maíz transgénico que ustedes cultivan y que produce un insecticida. Insisto, que lo produce, no que lo resiste. Yo no he visto esos resultados, pero sí los del MON-863 [el número varía según la toxina, son ligeramente diferentes], y no son muy positivos…

XL. ¿Qué decían esos análisis?
G.S.
Un aumento del 20 al 40 por ciento de triglicéridos, grasa, en la sangre de las hembras; un 10 por ciento de aumento del azúcar; un 7 por ciento de aumento de peso del hígado; del 3 al 5 por ciento de aumento de peso corporal y disfunciones en los riñones. Y para los machos, alteraciones en los parámetros del hígado y del riñón, aunque ligeramente inferiores. Éstos son claros signos de toxicidad. Vale, la enfermedad todavía no está ahí. No podemos decir que es diabetes, pero es un perfil prediabético. Si alguien va a su médico con estos datos, le diría que ingresase en el hospital para hacerse más pruebas y saber exactamente qué tiene, porque apunta mal... Así que pedimos más tiempo. No se nos permitió.

XL. ¿Qué explicación da el fabricante?
G.S.
En primer lugar, se resistieron por todos los medios a que los estudios se hicieran públicos. Y cuando lo logramos, dijeron que ellos ya habían reparado en los efectos en las ratas -por supuesto, ya que ellos hicieron los estudios-, pero pensaron que no era importante, porque los efectos no son iguales en machos que en hembras. ¿Le parece eso una razón?

XL. ¿Por qué no hace usted, el Criigen, los test?
G.S.
Porque necesito dos millones de euros para empezar. Las pruebas científicas bien hechas son muy caras. Colocar un nuevo fármaco en el mercado pasa por pruebas que cuestan unos 150 millones de euros.

XL. Admitamos que hay un riesgo en los transgénicos, pero también en los teléfonos móviles, en la tecnología láser, en la cirugía estética...
G.S.
¡Pero por lo menos ves los beneficios! No hay beneficio en los transgénicos. ¿Cuál es?

XL. Parece evidente: cereales más fuertes y en mayor cantidad, con menos trabajo para los agricultores, que ganan más dinero y alimentarán a más gente.
G.S.
Ése es un argumento estúpido, créame. Las patentes de las semillas sólo llevarán hambre al mundo. En primer lugar, los transgénicos no alimentan a los pobres, sino el estómago de los cerdos. Segundo, las semillas patentadas pertenecen a compañías que ya, hoy, no dejan sus patentes para luchar contra la malaria o el sida en los países pobres. ¿Por qué iban a cederlas para alimentarlos si no las dejan para algo que los está matando? Son farmacéuticas reconvertidas en industria alimentaria. Y, en tercer lugar, nosotros comemos en todo el planeta sólo cuatro plantas: trigo, arroz, soja y maíz. Hay 30.000 plantas conocidas y comestibles en el planeta y sólo nos alimentamos de cuatro. ¿No le parece anormal?

XL. Sin duda es curioso, pero es posible que tenga que ver con que cada vez hay más bocas que alimentar y esas cuatro plantas son las más productivas.
G.S.
No. Es el resultado de haber industrializado la agricultura. Lo que deberíamos hacer es potenciar la agricultura local, comer 30 plantas en vez de cuatro. La cuestión no es hacer transgénicos con plaguicidas porque no están hechos para hacer más plantas, sino para hacer más negocio con los agrotóxicos. La forma de alimentar a más gente es diversificar los cultivos y comer menos carne.

XL. Pero reconocerá que en los años 40 la introducción de técnicas de explotación modernas, el monocultivo y la selección genética, la llamada “Revolución Verde” ayudaron al desarrollo y al Tercer Mundo.
G.S.
No. Hay mucha gente hambrienta en el mundo y ya hubo esa “revolución verde”, cuyo resultado fue que los países industrializados tuvieran más carne para comer. Lo cual, recién terminada la Segunda Guerra Mundial, estuvo bien, estoy de acuerdo. Pero ya no. Comer carne dos veces al día es malo. Hay estadísticas en 65 países que prueban que el cáncer de mama y el de intestino están relacionados con el consumo de grasa animal. Dentro de un animal hay más plaguicidas que en un campo de maíz o de soja, porque se necesitan muchos campos para alimentar a una vaca; es una concentración de plaguicidas.

XL. Usted promueve lo “natural”, pero quizá la producción biológica es un lujo que no podemos permitirnos.
G.S.
La producción natural ha alimentado al mundo durante miles de años y sin ayuda del gobierno. Porque, déjeme decirle una cosa, la agricultura industrializada no es rentable. Está sostenida por fondos públicos. Los agricultores no sobrevivirían sin las ayudas gubernamentales.

XL. Pero los transgénicos podrían beneficiar a la agricultura en África, en zonas donde los cultivos son difíciles.
G.S.
No usemos a los pobres como excusa. La ONU dijo hace 15 años que con 50 billones de dólares se acabaría con el hambre en el mundo y no encontraron el dinero. En tres meses, todos los países industrializados han encontrado el doble de esa cantidad para ‘alimentar’ a los bancos y las grandes compañías. Durante los últimos 30 años se ha puesto en el mercado una gran cantidad de productos químicos y transgénicos sin testar, convenientemente amparados en la confidencialidad de las empresas y sus negocios. Prima el beneficio económico sobre la salud a largo plazo de la gente.

XL. Algún tipo de control habrá, ¿no?
G.S.
¡No hay ningún control! ¿Por qué cree que hay esta crisis financiera? Porque no hay transparencia. Y si no la hay en las finanzas, ¿cree que la hay en la alimentación?

XL. ¿Vamos a tener un caso Madoff en la industria alimentaria?
G.S.
Y será mucho más importante porque la comida es vital, afecta a nuestra vida diaria.

XL. ¿Quien controle las semillas controlará el mundo?
G.S.
Por supuesto. Es el mayor objetivo financiero del mundo. Hay sólo ocho compañías haciendo patentes de semillas. O para ser más precisos, patentando genes artificiales en semillas. Es sutil. No se pueden patentar las semillas, se pueden patentar los genes introducidos en ellas. Y si usas la semilla, tienes que pagar a la compañía que tiene la patente. Y como sólo tienes cuatro plantas para alimentar el mundo… La soja y el maíz ya son transgénicos, y quieren hacer lo mismo con el trigo y el arroz.

XL. Entiendo, además, que las semillas transgénicas se pueden expandir sin que lo puedas evitar por el viento, los insectos... ¿Hay alguna forma de controlar esto?
G.S.
No, no la hay. Cuando en un territorio hay un diez por ciento de campo cultivado con transgénicos, ya no lo puedes detener. Una vez que sueltas algo en el medio ambiente, por definición no puedes confinarlo. No puedes poner puertas al campo. Y no son sólo los insectos. Es suficiente con que se mezclen las semillas en los silos, con la maquinaria… Por eso es muy importante no hacer farmacia en el campo. Es incontrolable.

XL. Suena pesimista...
G.S.
Pues no lo soy. Y le diré por qué. En 1996, todas las compañías nos decían a los científicos en los congresos que, hiciésemos lo que hiciésemos, en 2000 tendríamos la mitad de los campos en Europa cultivados con transgénicos. Estamos en 2009 y tenemos el 0,05 por ciento con OGM. Esto, de momento, ya lo llevan perdido.

XL. ¿Han intentado sobornarle alguna vez para que deje de criticar los transgénicos?
G.S.
¿Puedo pasar de esta pregunta?

XL. Después de lo que ha dicho, yo creo que no.
G.S.
Digamos que me iría mejor si respaldase los transgénicos, pero no podría dormir tranquilo. Cuando digo lo que digo, recibo llamadas de mi universidad o del gobierno que me recuerdan lo que ya sé; que si quiero ir a los congresos y tener fondos para investigar, es mejor trabajar con la industria. Así que siempre hay presiones. Pero no quiero dar la impresión equivocada. No estoy en contra de la ingeniería genética. Se pueden hacer grandes cosas con ella. La mayoría de los científicos piensa en desarrollo, no en negocio. Pero me temo que lo que está sucediendo con las semillas es la conclusión natural del mundo liberal: patentar la vida. Al final, todo pertenece a alguien.

Por Ana Tagarro

Fuente: XL Semanal Nº 1132, del 5 al 11 de junio 2009. Finanzas.com

jueves, 6 de agosto de 2009

EN VENEZUELA DICEN: NO MÁS VENENOS!!!

Publicado por Laura Hernández para el Colectivo La Patilla



¿A quién venefician los agrotóxicos?

Los sistemas agrícolas imperantes responden a los intereses de grandes empresas transnacionales. Este agronegocio consiste en apropiarse de las tierras de otros- sin importar la degradación social y cultural que ello implique- para luego cultivar lo que se esté cotizando mejor en el mercado. Total, lo que importa es sacar el mejor provecho (para la empresa, no para los campesinos, los consumidores y mucho menos para la nación que están explotando) Soya transgénica en Argentina, ¿les suena?

Sin embargo, el asunto de las tierras comienza a ser un tema resuelto en la Venezuela Bolivariana.

Pero hay más. Estas grandes empresas también dominan a las naciones con los agroinsumos y su lógica agrícola hegemónica. Desde la revolución verde hasta el presente, en nuestro país y en el mundo se ha generado una matriz de opinión, incluyendo al sistema educativo y nuestros técnicos e ingenieros agrónomos, donde se considera proporcional el uso de agroquímicos con la producción de alimentos, es decir, mientras más agroquímicos, más alimentos y más beneficios para todos. Es por ello que muchos productores se encargan de llenar de herbicidas, plaguicidas y fertilizantes al terreno de cultivo, suponiendo que esto genera una mayor productividad.

El uso de plaguicidas por ejemplo, se encuentra en una trampa, un círculo vicioso. Los plaguicidas matan toda la fauna que se encuentra en el cultivo, la benéfica y la que se considera plaga. Es decir, que los controladores naturales de las plagas (esos que no cuestan ni un bolívar, que se reproducen gratuitamente en el ambiente) mueren por efecto del plaguicida. Entonces, como no hay rotación de cultivos, ya que eso ni se considera (otra trampa del paquete tecnológico), por más que se use el plaguicida la plaga reaparece y más potente, resistente al plaguicida. Entonces el productor debe ir de nuevo a la tienda para ver qué nuevo producto está en el mercado porque el que usó ya no le sirve. Y cada vez necesita unos más tóxicos y potentes.

Además de la trampa de dependencia económica tenemos los efectos a la salud y al ambiente que producen los plaguicidas. En Venezuela todavía se venden productos extremadamente tóxicos que enferman a los campesinos, no sólo con intoxicaciones por el uso directo sino efectos crónicos como la perdida de fertilidad, cáncer, etc. ¿Y las personas que consumen estos productos? Lo interesante es que una de las grandes empresas que produce agroquímicos es la Bayer ¿Será que también produce medicamentos para los efectos adversos de sus propios productos? Negocio redondo.

Muchos agrotóxicos acaban con la fauna microscópica del suelo y junto al uso intensivo del mismo termina por empobrecerse. ¿Y entonces? A comprar fertilizantes. Más dependencia.

Estamos reproduciendo burdamente la dependencia tecnológica de siempre. ¿Y entonces? ¿Comenzamos a producirlos en Venezuela?

No, porque ese agronegocio no es sustentable. Es necesario romper con los mitos de la agricultura moderna y la biotecnología. Los grandes retos que se presentan a la hora de cultivar se resuelven rompiendo con los monocultivos y toda su lógica capitalista. Los policultivos, la rotación de cultivos, el uso de controladores biológicos de plagas, fertilizantes orgánicos pueden dar respuestas, lo importante es comenzar desde ya a implementarlas, romper de una vez por todas con la lógica hegemónica del capital, de las transnacionales, de la dependencia, interna o externa.

Porque el desarrollo endógeno sustentable consiste en poder producir todo lo que necesitamos a bajo costo, con bajos insumos y cuidando al ambiente. Si todos los elementos que necesitamos para producir en el campo se encuentran en el campo ¿Por qué importarlos? ¿Para qué producirlos? ¿No es mejor usar esos recursos para cubrir otras necesidades del pueblo venezolano?

Esta lógica agrícola hegemónica además de acabar con el ambiente, la salud y generar dependencia económica de los productores también ha acabado con las tradiciones heredadas por años de cultivos. Anteriormente un productor sabía cómo controlar las plagas si el uso de químicos, sabía cómo rotar cultivos y qué cultivo puede beneficiar a otros. Todo eso se está perdiendo, ahora sólo sabemos ir a la tienda a comprar lo nuevo que viene de afuera, quedando el campesino como un simple consumidor, implementador de un paquete tecnológico importado, sin cultura y sin tradiciones.

Los agrotóxicos son una herramienta más de la globalización.


POR QUÉ LOS VENEZOLANOS DICEN NO A LOS PESTICIDAS

Nota publicada por los amigos del Colectivo La Patilla el día 31 de Julio (2009)  http://www.colectivolapatilla.blogspot.com/


Un Cuento que empezó mal...

Un pesticida es cualquier sustancia o mezcla de sustancias destinadas a prevenir, destruir o controlar cualquier plaga, incluyendo los vectores de enfermedades humanas o de los animales, las especies no deseadas, las plantas o animales que causan perjuicio o que interfieren de cualquier otra forma en la producción, elaboración, alimentación.

Hasta aquí el cuento del control fitosanitario parece funcionar, sin embargo, basta remontarnos a las causas que originaron la elaboración de estas sustancias toxicas para olfatearnos que no empezó bien. Con un mínimo de esfuerzo llegamos a encontrar que los pesticidas surgieron como resultado de investigaciones químicas para la gran industria bélica durante las dos guerras mundiales, y no como tan falsamente nos han hecho creer que fue por la presión o necesidad de incrementar la producción de alimentos.

Actualmente a nivel mundial los pesticidas utilizados en la agricultura se clasifican según:

-El organismo que se desee controlar 
-La estructura química básica 
-La persistencia en el ambiente 
-El estado físico del producto y el grado de toxicidad que este representa para todo ser viviente circundante al sitio de aplicación.

Tomando en cuenta el criterio toxicidad los plaguicidas han sido clasificados como: 
IA, extremadamente tóxico, 
IB, altamente tóxico, 
II, moderadamente tóxico y 
III, levemente tóxico.

Datos actuales dados a conocer por la OMS indican que cada año se intoxican a nivel mundial 3 millones de personas y 200 mil mueren a causa de los pesticidas.

Los agrotóxicos, al ser sustancias químicas en su mayoría sintéticas, cambian el proceso de equilibrio existente en el ambiente al entrar en contacto con éste (seres humanos, agua, aire animales, vegetación, etc.) afectando radicalmente a la vida en nuestro planeta.

Tal es el cambio, que miles de seres benéficos para el cultivo son afectados por estas sustancias y también desaparecen, cumpliendo con el proceso de eliminar unos organismos y permitir el predominio sólo de otros, dando paso por lo tanto a lo que se ha dado en llamar aumento de plagas y resistencia de estas a los plaguicidas.

La contaminación del ambiente y de las personas que generan estas sustancias se produce en todo el ciclo de vida, es decir desde su fabricación pasando por el transporte, envasado, uso, contaminación de alimentos, suelo, agua, disposición final de envases y/o productos contaminados (ropa, maquinaria, etc.).

Existen estudios científicos recientes que relacionan el uso de los plaguicidas con alteraciones fisiológicas tales como:

1. efecto cancerígeno (es decir cáncer), 
2. efecto tumorgénico, 
3. efecto mutagénico alterando las los ciclos de las células reproductivas y 
4. efecto teratogénico (capacidad de los plaguicidas de alterar directamente el periodo de crecimiento del embrión y feto desencadenando malformaciones fetales tales como niños anencéfalos (sin cerebro), hidrocefalia, cardiopatías, falta de desarrollo pulmonar, ano imperforado y otras.

Como si esto no bastara, en zonas tropicales y con alta humedad como en nuestro país, la capacidad tóxica de los pesticidas aumenta hasta 6 veces. Adicionalmente y debido al poco control y al desconocimiento de los riesgos que implica la aplicación indiscriminada de los pesticidas, en general los agricultores a pequeña y mediana escala no conocen las formulaciones, usos, dosis y frecuencias de aplicación de los plaguicidas. 

La selección de los productos para su aplicación se hace por consejo del vendedor de agroquímicos, el promotor de productos de la zona, por amigos o vecinos del agricultor. Existe un cierto conocimiento general de los riesgos que existen en el uso de plaguicidas, pero se desconocen por completo las medidas preventivas.

Por todo lo anterior y porque:

  • Consideramos que la salud es un derecho de todos los venezolanos

  • Creemos en una agricultura sustentable y en armonía con el ambiente.

  • Defendemos el desarrollo agroecológico en concordancia con los preceptos de nuestra constitución.

  • Consideramos que la independencia y la soberanía alimentaria empieza por la liberación de los campesinos del yugo de las grandes transnacionales que comercian con la vida, es decir con los pesticidas.

  • Actualmente existen alternativas menos tóxicas y perjudiciales al ambiente, así como insumos biológicos y técnicas agroecológicas


DECIMOS NO A LA COMERCIALIZACION DE PESTICIDAS 1A y 1B EN LA REPUBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA




Fuente: Colectivo La Patilla 


lunes, 3 de agosto de 2009

Un agrotóxico que se autofumigó

La compañía internacional Bayer dispuso retirar de Argentina, a fin de año, al endosulfán, que ya estaba prohibido en más de 60 países, incluyendo toda la Unión Europea. Lo utilizan en forma masiva en los campos de soja, algodón, girasol, maíz y tabaco

Por Darío Aranda en Página/12

El endosulfán es un agrotóxico muy cuestionado desde hace décadas por sus efectos nocivos sobre la salud y el medio ambiente. Se utiliza de forma masiva en la soja, y también en algodón, girasol, maíz y tabaco, entre otros cultivos. Las empresas del sector siempre defendieron su uso, negaron cualquier efecto secundario y, sobre todo, ningunearon a las organizaciones sociales, acusándolas de alarmistas o menospreciando sus investigaciones. De forma sorpresiva, el mayor golpe contra el endosulfán provino desde el corazón de los agronegocios: la multinacional Bayer anunció que lo retirará del mercado. “Planificamos terminar las ventas de endosulfán para fines de 2010 en todos los países donde todavía la misma se encuentra legalmente disponible”, explicó el comunicado de Bayer CropScience (área agroquímica de la empresa), firmada por la directora de la compañía Judith Nestmann. También precisó que será reemplazado por alternativas “con un perfil de riesgo significativamente menor”.

“La decisión de Bayer se produce luego de años de campañas de denuncias realizadas en todo el mundo contra el persistente plaguicida, el cual se vincula a diferentes enfermedades como el autismo, a nacimientos con malformaciones y daños en el aparato reproductor masculino, como así también a muertes y severos daños a agricultores a través del contacto directo”, explicaron desde la Red de Acción en Plaguicidas de América latina (Rapal), que también recordó que el endosulfán ya está prohibido en más de 60 países, incluida la Unión Europea.

El agrotóxico es un tipo de insecticida de gran uso en el país. Según datos de las empresas, en 2008 se usaron 4 millones de litros, comercializados por una decena de empresas, entre las que sobresalen DuPont Agrosoluciones, Nidera y Bayer.

El coordinador de Relaciones Institucionales de Bayer Argentina, Luciano Viglione, explicó que en 2007 retiraron del mercado Thioday, agroquímico con endosulfán, pero aún comercializan Decis Dan, otro compuesto que contiene el agrotóxico. “Lo retiraremos del mercado antes de fin de año. La ciencia avanza hacia formulaciones más seguras y desde Bayer aceptamos esos cambios”, justificó Viglione.

Ni la casa central de Bayer ni la sede local aceptaron los perjuicios sanitarios y ambientales del agrotóxico, pero remarcaron que lo suplantarán “por otro más seguro”, aunque aún no explicitaron cuál.

Para las organizaciones sociales, y el mundo científico que lo denuncia desde hace tiempo, la medida de la empresa es un reconocimiento implícito de los efectos negativos del insecticida. También jugaron otros factores. “Por un lado, la presión de los consumidores en Europa es alta y, por otro, tarde o temprano será incluido en el Convenio de Estocolmo (instrumento internacional que regula el tratamiento de las sustancias tóxicas, auspiciado por las Naciones Unidas)”, precisó el coordinador regional de Rapal e ingeniero agrónomo, Javier Souza Casadinho, que investiga el uso de agrotóxicos desde hace más de una década.

El endosulfan está identificado como plaguicida extremadamente tóxico con capacidad de producir en la salud daños agudos (a corto plazo) y crónicos (enfermedades que aparecen luego de años del contacto con el plaguicida). “La revisión de la literatura científica sobre impacto del endosulfán revela evidencias de los efectos tóxicos crónicos en el sistema nervioso, el sistema inmunológico, su acción disruptora endócrina y evidencias no concluyentes de su acción mutagénica y genotóxica, así como la de provocar cáncer en animales de laboratorio y las poblaciones humanas expuestas. También está relacionado con efectos neurológicos a largo plazo como la epilepsia y el incremento del riesgo de la enfermedad de Parkinson”, afirma Souza Casadinho.

En cuanto a los efectos agudos, se lo señala como causante de diarreas, mareos, dolor de cabeza, nauseas, llagas, dolor de garganta y cuadros de asma. Según Rapal, el insecticida se degrada muy lentamente, permanece años en el medio ambiente y se traslada a grandes distancias arrastrado por las corrientes de aire y de agua.

Según datos de la Cámara de Sanidad Agropecuaria y Fertilizantes (Casafe), en 1999 se utilizó en Argentina 1,9 millón de litros de endosulfan. En 2008 se duplicó: 4,2 millones de litros. “Esta tendencia creciente en el uso de endosulfan tiene su correlato con el incremento general en la utilización de plaguicidas derivado del modelo agrícola vigente”, explica Souza Casadinho.

Desde la organización también destacaron que “existen alternativas comprobadas cuyos usos no presentan los efectos colaterales mortales de este plaguicida”. Karl Tupper, científico integrante de la Red de Acción de Plaguicidas de Estados Unidos, explicó que “al retirarse Bayer, en el mercado quedan un puñado de fabricantes genéricos que venden este veneno. Les pedimos a estas empresas que prioricen la salud y el medio ambiente por sobre las ganancias que obtienen a través de este tóxico y que frenen sus ventas. Es lo único responsable por hacer”.

Alejandro Oliva es médico y coordinador de una investigación que, entre 2004 y 2007, abarcó seis pueblos de la Pampa Húmeda. En ella confirmó la vinculación directa entre el uso y exposición a contaminantes ambientales con malformaciones, cáncer y problemas reproductivos. “Los hallazgos fueron contundentes en cuanto a los efectos de los pesticidas y solventes”, afirmaba Oliva. Había comprobado la existencia de diferentes tipos de cánceres muy por encima de la media nacional. Y precisó que la zona de estudio había sido blanco de una decena de agroquímicos, entre ellos el endosulfán, el piretroides y glifosato.

El estudio había sido realizado por un equipo del Hospital Italiano de Rosario, conducido por Oliva, con el respaldo del Centro de Investigaciones en Biodiversidad y Ambiente (Ecosur), la Universidad Nacional de Rosario, la Federación Agraria local y el INTA. La investigación había detallado que cuatro de cada diez hombres que consultaron por infertilidad habían sido expuestos a químicos agropecuarios, y alertó que el efecto sanitario de los agrotóxicos puede manifestarse en las generaciones futuras.

Las organizaciones campesinas y sociales que denuncian el uso de agrotóxicos apuntan a otros químicos: carbofuran y el bromuro de metilo (usados en la producción hortícola), la sulfluramida (base de hormiguicidas) y el cuestionado glifosato, base del monocultivo de soja.